Relatos, cuentos y anécdotas de ecología emocional para una vida inteligente.  Textos para reflexionar-pensar-meditar, etc.

 

El proyecto

-¿ Qué es el proyecto?

-Es algo que debes imaginar; y después de haberlo imaginado, debes fabricarlo. Es algo así como un puente. Tú puedes ir al otro lado del puente, pero no puedes hacerla si antes no lo construyes. Al otro lado está lo que buscabas.

Sin proyecto el destino se te escapa de las manos como una cometa en un día sin viento.    SUSANA TAMARO.

 ¿A dónde voy?

Cuentan que Chesterton era muy despistado. En una ocasión, viajando en tren, el revisor le pidió el billete. Chesterton empezó a buscarlo por todos los bolsillos sin encontrarlo. Se estaba poniendo cada vez más nervioso. Entonces el revisor le dijo:

-Tranquilo, no se inquiete, que no le haré pagar otro billete.

-No es pagar lo que me inquieta -repuso Chesterton- lo que me preocupa es que he olvidado a dónde voy.

La música está en mí

Nicolo Paganini (1782-1840), todavía es considerado como uno de los más grandes violinistas de todos los tiempos, aunque no por ello exento de padecer algún percance anecdótico.

En cierta ocasión se dispuso a actuar en un gran teatro lleno de público, que le recibió con una gran ovación. Cuando levantó el arco para empezar a tocar su violín, se dio cuenta, consternado, de que no era el suyo. Por error, tenía en sus manos el violín de un compañero. Para un músico como él, esto era inaudito y se sintió muy angustiado sin su querido violín. No obstante, comprendió que no tenía otra alternativa que iniciar el concierto y empezó a tocar.

Según se cuenta, ese fue el mejor concierto de su vida.

Una vez terminada su actuación y ya en el camerino, Paganini, hablando con otro músico compañero suyo, hizo la siguiente reflexión:

-Hoy he aprendido la lección más importante de toda mi carrera. Hasta hace escasos momentos, creí que la música estaba en el violín, pero me he dado cuenta de que la música está en mí, y el violín sólo es el instrumento por el cual mis melodías llegan a los demás.

El violinista

Ocurrió en París, en una calle céntrica aunque secundaria. Un hombre, sucio y maloliente tocaba un viejo violín. Frente a él, sobre el suelo, estaba su boina boca arriba, con la esperanza de que los transeúntes se apiadaran de su condición y le arrojaran algunas monedas. El pobre hombre trataba de sacar una melodía del violín, pero era imposible identificarla debido a lo desafinado que estaba el instrumento y a la forma displicente y aburrida con que tocaba.

Un famoso concertista, que junto con su esposa y unos amigos salía de un teatro cercano, pasó frente al mendigo. Todos arrugaron la cara al oír aquellos sonidos tan discordantes y no pudieron menos que reír de buena gana.

Entonces la esposa pidió a su marido que tocara alguna melodía. El concertista echó una mirada a las pocas monedas en el interior de la boina del mendigo, y decidió hacer algo. Le pidió el violín. El mendigo se lo prestó con cierto resquemor.

Lo primero que hizo el concertista fue afinar sus cuerdas. Y después, vigorosamente y con gran maestría, arrancó una melodía fascinante del viejo instrumento. Los amigos comenzaron a aplaudir y los transeúntes empezaron a arremolinarse para ver el improvisado espectáculo. Al escuchar la música, la gente de la cercana calle principal acudió también y pronto hubo una pequeña multitud escuchando arrobada el extraño concierto. La boina se llenó, no solamente de monedas, sino de muchos billetes. Mientras, el maestro tocaba una melodía tras otra, con alegría y pericia. El mendigo se sentía feliz al ver lo que ocurría y no cesaba de dar saltos de contento y repetir orgulloso a todos:

-iEse es mi violín! ¡Ese es mi violín!  El mendigo decía la verdad, era SU violín.

Lo cierto es que la vida nos da a todos un violín, que son nuestros conocimientos, habilidades y aptitudes. Y tenemos libertad para tocar ese violín como nos plazca. Algunos, por pereza, ni siquiera lo afinan. No perciben que deben prepararse, aprender, desarrollar habilidades y mejorar constantemente sus aptitudes si quieren dar un buen concierto. Pretenden «una boina llena de dinero», y lo que entregan es una «discordante melodía» que no gusta a nadie.

Cuida ...

Cuida tus Pensamientos...  porque se volverán Palabras.

Cuida tus Palabras...  porque se volverán Actos.

Cuida tus Actos...  porque se harán Costumbre.

Cuida tus Costumbres...  porque forjarán tu Carácter.

Cuida tu Carácter...  porque formará tu Destino, y tu Destino, será tu Vida.       GANDHI

 

Sé tú mismo

Había una vez, en un lugar y en un tiempo que podría ser aquí y hoy mismo, un hermoso jardín, con manzanos, naranjos, perales y bellísimos rosales, todos ellos felices y satisfechos. Todo era alegría en el jardín, pero uno de sus habitantes no participaba de la dicha general: era un árbol que se sentía profundamente triste. El pobre árbol tenía un problema: no sabía quién era.

El manzano le decía:

-Lo que te falta es concentración, si realmente lo intentas, podrás tener sabrosas manzanas, es muy fácil.

El rosal le decía:

-No escuches al manzano. Mira, es más sencillo tener rosas, y además, son más bonitas y olorosas que las manzanas.

El pobre árbol desesperado, intentaba concentrarse y ser todo lo que le sugerían, pero no lograba ser como los demás le decían que debía ser y por ello se sentía cada vez más frustrado y desgraciado.

Un día llegó hasta el jardín un búho, la más sabia de las aves, y al ver la desesperación del árbol, exclamó:

-No te preocupes, tu problema no es tan grave. Es el mismo de muchísimos seres sobre la tierra. No dediques tu vida, tu esfuerzo ni tu energía a ser como los demás quieren que seas. Sé tú mismo, conócete, y aprende a escuchar tu voz interior.

Y dicho esto, el búho desapareció. «¿Mi voz interior? ¿Ser yo mismo? ¿Conocerme?» -pensaba el árbol, angustiado.

Pero el comentario del búho anidó en su corazón. Y el árbol empezó a dejar de prestar oídos a los comentarios de las otras plantas. Aprendió a estar en silencio, tranquilo gozando de los rayos del sol y de las refrescantes gotas de lluvia. Aprendió a disfrutar del canto de los pájaros que anidaban en sus ramas, a dejarse acariciar por el viento que silbaba entre sus hojas. y, cuando menos lo esperaba y buscaba, un día comprendió. Su corazón se abrió y su voz interior le habló:

-Tú jamás darás manzanas porque no eres un manzano; ni florecerás cada primavera porque no eres un rosal. Tú eres un roble, y tu destino es crecer grande y majestuoso; dar albergue a las aves; sombra a los viajeros; belleza al paisaje. Tienes una misión, cúmplela.

Y el árbol se sintió fuerte y seguro de sí mismo y se dispuso a ser todo aquello para lo cual estaba destinado. Así, pronto fue admirado y respetado por todos, pero lo más importante es que aprendió a respetarse y a valorarse a sí mismo.

 

Elegir el equilibrio

No hay mayor culpa que ser indulgente con los deseos. No hay mayor mal que no saber contenerse. No hay mayor daño que alimentar grandes ansias de pasión. LAO-TSE

 

La serenidad es un estado mental. Es la calma y la quietud que necesitamos para vivir, pensar y respirar. Hay personas que llevan el peso de una carga triple: las preocupaciones que han tenido, las que tienen ahora y las que esperan tener. Nuestro presente y su correcta gestión ya es suficiente responsabilidad. Es importante aprender a clausurar los temas pasados, centrarnos en nuestro presente y no dedicar demasiada energía en anticipar nuestro futuro. Nuestra paz interior va a depender de cómo gestionemos nuestras emociones. Proponemos una gestión ecológica y, por lo tanto, inteligente y adaptativa.

Soy yo quien decide ser de una forma u otra. Soy yo quien elige equilibrio o desasosiego, quien escoge cielo o infierno. Aunque no podamos evitar determinadas situaciones difíciles o complejas, aunque tengamos la impresión de que todo se nos escapa, siempre es posible escoger nuestra actitud ante aquello que sucede. Esta es nuestra primera libertad y un ejercicio de responsabilidad que modulará el grado de sufrimiento o gozo que incorporaremos a nuestra vida y que será fruto de nuestra mayor o menor coherencia personal.

Las emociones, como la ira mal gestionada, dejan señales y causan cicatrices en nosotros mismos y en las personas que nos rodean. El autocontrol es la competencia emocional imprescindible: el enemigo

no se halla afuera, está dentro de ti, dentro de todos nosotros. Es importante aprender que es posible rechazar, sin violencia, las agresiones que nos llegan, los insultos y las ofensas. ¿A quién pertenece un obsequio? ¿a quien lo entrega o a quien lo recibe? Si no aceptamos las agresiones, si no las damos por recibidas, se las quedarán quienes hayan querido trasladárnoslas: hay regalos que no conviene recibir. Como dice el Dalai Lama, sólo cuando tenemos paz interior podemos estar en paz con quienes nos rodean. La gestión ecológica de nuestras

emociones, puede ayudamos a conseguirla.

Cuando hacemos una elección, es necesario asumir que deberemos dejar de lado las otras alternativas. Aprender a desprendemos de relaciones, ideas, objetos, emociones, ofensas y cargas, es un aprendizaje vital imprescindible para no quedar anclados y poder seguir adelante, ligeros de equipaje. Es posible elegir el equilibrio, vivir intensamente nuestro presente con atención, centrados y abiertos a la vida. Nunca debemos olvidar que hay una sola persona con la que, con seguridad, vamos a compartir toda nuestra vida: nosotros mismos. ¿Escogemos vivir con equilibrio o escogemos el desequilibrio? Nadie puede decidir por nosotros.

 

Soy yo quien decide

Explica el columnista Sidney Harris que, en una ocasión, acompañó a un amigo suyo a comprar el periódico. Al llegar al quiosco su amigo saludó amablemente al vendedor. El quiosquero, en cambio, respondió con modales bruscos y desconsiderados y le lanzó el periódico de mala manera. Su amigo, no obstante, sonrió y pausadamente deseó al quiosquero que pasase un buen fin de semana. Al continuar su camino, Sidney le dijo:

-Oye ... ¿este hombre siempre te trata así?

-Sí, por desgracia.

-y tú, ¿siempre te muestras con él tan educado y amable?

-Sí, así es.

-y ¿me quieres decir por qué tú eres tan amable con él, cuan-

do él es tan antipático contigo?

-Es bien fácil. Porque yo no quiero que sea él quien decida cómo me he de comportar yo.

 

La ira deja señales

Se cuenta que había una vez un niño que siempre estaba malhumorado y de mal genio. Cuando se enfadaba, se dejaba llevar por su ira y decía y hacía cosas que herían a los que tenía cerca. Un día su padre le dio una bolsa con clavos y le dijo que cada vez que tuviera un ataque de ira clavase un clavo en la puerta de su habitación. El primer día clavó treinta y siete. En el transcurso de las semanas siguientes el número de clavos fue disminuyendo. Poco a poco, fue descubriendo que le era más fácil controlar su ira, que clavar clavos en aquella puerta de madera maciza. Finalmente, llegó un día en que el niño no clavó ningún clavo. Se lo dijo a su padre y éste le sugirió que cada día que no se enojase desclavase uno de los clavos de la puerta.

Pasó el tiempo y, un día, le dijo al padre que ya había sacado todos los clavos. Entonces éste cogió de la mano al hijo, lo llevó a la puerta de la habitación y le dijo:

-Hijo, lo has hecho muy bien, pero mira los agujeros que han quedado en la puerta. Cuando una persona se deja llevar por la ira, las palabras dejan cicatrices como éstas. Una herida verbal puede ser tan dolorosa como una herida física. La ira deja señales. ¡No lo olvides nunca!

 

El rey y su halcón

Genghis Khan (1162-1227), cuyo imperio mongol se extendía desde el este de Europa hasta el Mar de Japón, llegó un día con su ejercito a China y a Persia, y conquistó muchas tierras. En todos los parajes, los hombres referían sus hazañas y decían que desde Alejandro Magno no existía un rey como él.

Una mañana, cuando descansaba de sus guerras, salió a cabalgar por los bosques. Lo acompañaban muchos de sus amigos. Cabalgaban jovialmente, llevando sus arcos y flechas. Sus criados los seguían con los perros. Era una alegre partida de caza. Sus gritos y sus risas resonaban en el bosque. Esperaban obtener muchas presas. En la muñeca, el rey llevaba su halcón favorito, pues en esos tiempos se adiestraba a los halcones para cazar. A una orden de sus amos, echaban a volar y buscaban las presas desde el aire. Si veían un venado o un conejo, se lanzaban sobre él con la rapidez de una flecha.

Todo el día Genghis Khan y sus cazadores atravesaron el bosque, pero no encontraron tantos animales como esperaban. Al anochecer emprendieron el regreso. El rey cabalgaba a menudo por los bosques y conocía todos los senderos. Así que mientras el resto de la partida tomaba el camino más corto, él eligió otro camino más largo por un valle entre dos montañas. Había sido un día caluroso y el rey tenía sed. Su halcón favorito había echado a volar, y sin duda encontraría el camino de regreso. El rey cabalgaba despacio; una vez había visto un manantial de aguas claras cerca de ese sendero. ¡Ojalá pudiera encontrado ahora! Pero los tórridos días de verano habían secado todos los manantiales de montaña. Al fin, para su alegría, vio agua goteando de una roca. Sabía que había un manantial más arriba. En la temporada de lluvias siempre corría por allí un río muy caudaloso, pero ahora sólo bajaba una gota por vez.

El rey se apeó del caballo. Tomó un tazón de plata de su morral y lo sostuvo para recoger las gotas que caían con lentitud. Tardaba mucho en llenarse, y el rey tenía tanta sed que apenas podía esperar. En cuanto el tazón se llenó, se lo llevó a los labios y se dispuso a beber. De pronto oyó un silbido en el aire y le arrebataron el tazón de las manos. El agua se derramó en el suelo. El rey alzó la vista para ver quién había hecho esto. Era su halcón. El halcón voló de aquí para allá varias veces, y al fin se posó en las rocas, a orillas del manantial. El rey recogió el tazón y de nuevo se dispuso a llenado. Esta vez no esperó tanto tiempo. Cuando el tazón estuvo medio lleno, se lo acercó a la boca. Pero apenas lo intento, el halcón se echó a volar y se lo arrebató de las manos.

El rey empezó a enfurecerse. Lo intentó de nuevo, y por tercera vez el halcón le impidió beber. El rey montó en cólera.

-¿Cómo te atreves a actuar así? ¡Si te tuviera en mis manos te retorcería el cuello!

Llenó el tazón de nuevo. Pero antes de tratar de beber, desenvainó la espada:

-Amigo halcón, esta es la última vez.

No acababa de pronunciar estas palabras cuando el halcón bajó y le arrebató el tazón de la mano. Pero el rey que lo estaba esperando, con una rápida estocada abatió el ave. El pobre halcón cayó sangrando a los pies de su amo.

-¡Ahora tienes lo que te mereces! -dijo Genghis Khan.

Pero cuando buscó su tazón, descubrió que había caído entre las piedras y que no podía recobrado. «De un modo u otro, beberé de esa fuente», se dijo. Decidió trepar la empinada cuesta que conducía al lugar de donde goteaba el agua. Era un ascenso agotador, y cuanto más subía, más sed tenía. Finalmente llegó al lugar. Allí había, en efecto un charco de agua pero, ¿qué había en el charco? Una enorme serpiente muerta, de la especie más venenosa. El rey se detuvo. Olvidó la sed. Pensó sólo en el pobre pájaro muerto. ¡El halcón me salvó la vida! ¿y cómo le pagué? ¡Era mi mejor amigo y lo he matado!

Bajó la cuesta. Tomó suavemente al pájaro y lo puso en su morral.

Luego montó a caballo y regresó deprisa, diciéndose: «Hoy he aprendido una lección: nunca se debe actuar impulsado por la furia.»

 

El enemigo está dentro de ti

Había una vez un monje que en todo momento buscaba la perfección. No soportaba la menor imperfección en los cánticos religiosos; una arruga en la ropa; un plato mal lavado; una palabra mal dicha; un error o equivocación por insignificante que fuera. Le resultaba intolerable si algún compañero bostezaba en los oficios religiosos o si veía una mota de polvo en los bancos de la iglesia.

Sufría mucho con sus compañeros en el monasterio y, convencido de que allí no le iba a ser posible encontrar la perfección, pidió permiso al abad para irse a vivir completamente solo. Se llevó lo imprescindible: algunas ropas, sus libros de rezos y un cántaro para llenarlo con agua del río.

Eligió como morada un lugar muy bello y pasó la noche en oración. Cuando amaneció, se despertaron los pájaros y flores y pensó, agradecido, que allí sí, por fin, encontraría la perfección deseada.

A media mañana tuvo sed, fue al río a buscar agua y, al cargar el cántaro, se le derramó un poco de su contenido. No aceptó esa mínima imperfección, arrojó el agua con despecho y se le mojaron y enfangaron los pies con el polvo del camino. Volvió a tomar agua y de nuevo se le derramó. Repitió la operación con cierta inquietud, y a la tercera vez, lleno de cólera, quebró el cántaro.

-La causa de mi cólera no está en los demás -pensó al calmarse-. El enemigo está aquí adentro.

Regresó al monasterio, pidió perdón y desde aquel día, empezó a ver con ojos nuevos y cariñosos a sus compañeros.

Tenía una deuda

Tomás, de ochenta años, estaba cavando en el jardín trasero de su casa. Un vecino que le vio cavar, lleno de curiosidad, le preguntó:

-¿Qué estás haciendo, Tomás?

-Vaya plantar cocoteros -contestó el octogenario.

-¿Esperas llegar a comer los cocos que den estos árboles? (-dijo con sorna su vecino).

-Probablemente no -fue su respuesta-, pero toda mi vida he comido cocos de árboles que no había plantado. Y esto hubiera sido imposible si otras personas no hubieran hecho antes lo que yo estoy haciendo ahora. Sólo estoy pagando la deuda que tengo contraída con ellos.

 

La pregunta más importante

Durante mi segundo semestre en la escuela de enfermería, nuestro profesor nos hizo un examen sorpresa. Yo era una estudiante consciente y leí rápidamente todas las preguntas, hasta que llegué a la última:

-¿Cuál es el nombre de la mujer que limpia la escuela? Seguramente esto era algún tipo de broma -me dije-o Yo había visto muchas veces a esa mujer. Era alta, de cabello oscuro, de unos cincuenta años; pero ¿cómo iba yo a saber su nombre?

Entregué mi examen, dejando la última pregunta en blanco.

Antes de que terminara la clase, alguien le preguntó al profesor si la última pregunta contaría para la nota del examen.

-Absolutamente -dijo el profesor-o En sus carreras ustedes conocerán a muchas personas. Deben aprender que todas son importantes. Todas ellas merecen su atención y cuidado, aunque sólo les sonrían y digan: ¡Hola! o

¡Gracias!

Nunca olvidé esa lección. También aprendí que el nombre de la mujer que limpiaba mi escuela era Elena.

 

Con las manos abiertas

Un día un chico de trece años paseaba por la playa con su madre. Hubo un momento en que la miró con insistencia y le preguntó:

-Mamá, ¿qué puedo hacer para conservar un amigo que he tenido mucha suerte de encontrar?

La madre pensó unos momentos, se inclinó y recogió arena con sus dos manos. Con las dos palmas abiertas hacia arriba, apretó una de ellas con fuerza. La arena se escapó entre los dedos. Y cuanto más apretaba el puño, más arena se escapaba. En cambio, la otra mano permanecía bien abierta: allí se quedó intacta la arena que había recogido.

El chico observó maravillado el ejemplo de la madre entendiendo que, sólo con abertura y libertad, se puede mantener una amistad, y que el hecho de intentar retenerla o encerrarla, significaba perderla.

La culpa fue del público. JACOB M. BRAUDE

Oscar Wilde llegó a su club después de asistir al estreno de una pieza teatral que había sido un completo fracaso.

-Oscar ¿cómo estuvo la representación de esta noche? -le preguntó un amigo.

-¡Oh! -respondió de forma altanera-.  La pieza fue un gran éxito, pero el público fue un fracaso.

 

Nadie se lo dijo

Había una vez dos niños que patinaban sobre una laguna helada. Era una tarde nublada y fría, pero los niños jugaban sin preocupación. De pronto, el hielo se reventó y uno de los niños cayó al agua, quedando atrapado. El otro niño, viendo que su amigo se ahogaba bajo el hielo, tomó una piedra y empezó a golpear con todas sus fuerzas hasta que logró romper la helada capa, agarró a su amigo y lo salvó.

Cuando llegaron los bomberos y vieron lo que había sucedido, se preguntaban cómo lo hizo, pues el hielo era muy grueso.

-Es imposible que lo haya podido romper con esa piedra y sus manos tan pequeñas -afirmaban.

En ese instante apareció un anciano y dijo: -Yo sé cómo lo hizo.

-¿Cómo?

-No había nadie a su alrededor para decirle que no podía hacerlo.

 

Una piedra en el camino

Cuentan que un rey mandó colocar una piedra muy grande en medio de un camino y luego procedió a ocultarse para ver si alguien la movía. Pasaron algunos de los comerciantes y cortesanos más importantes del reino y sencillamente la evitaron. Muchos vociferaron culpando al rey de no mantener los caminos despejados, pero ninguno trató de quitar la piedra del camino.

Pasó entonces un campesino con una carga de hortalizas al hombro. Al llegar al lugar donde estaba la piedra, echó su carga al suelo y comenzó a tratar de mover la piedra hacia la orilla del camino. Tras un gran esfuerzo lo logró.

Mientras recogía sus hortalizas, vio una bolsa en el camino, en el mismo lugar en que había estado la piedra. La bolsa contenía muchas monedas de oro y una nota en que el rey comunicaba que el dinero estaba destinado a la persona que quitase la piedra del camino.

El campesino aprendió lo que muchos han aprendido desde entonces: Cada obstáculo nos ofrece una oportunidad para mejorar nuestra condición en la vida.

 

Poner el corazón

A un albañil, ya mayor, le llegó el momento de su jubilación. Así que fue a ver a su jefe con el que había trabajado durante muchos años, y le comentó sus planes de dejar el negocio de la construcción para llevar una vida más placentera con su esposa y poder disfrutar de su familia y su jubilación.

El jefe sentía ver que su buen empleado dejaba la compañía y así se lo dijo pidiéndole, como favor personal, que construyera una última casa. El albañil accedió, pero su mente y su corazón ya no estaban allí, así que utilizaba materiales de inferior calidad, no estaba atento a lo que hacía y su trabajo dejaba mucho que desear. Era una desafortunada forma de acabar su carrera.

Cuando el albañil finalmente acabó la construcción, su jefe fue a inspeccionar la casa, y al finalizar la visita, cogió las llaves de la puerta principal y las tendió al albañil:

-Tu última casa... este es mi regalo para ti.

 

 

Una mirada sabia

Se cuenta que un buen día, un padre de familia rica y muy acomodada, llevó a su hijo de viaje por una zona rural con el firme propósito de que el joven valorara lo afortunado que era de poder gozar de tal posición y se sintiera orgulloso de él.

Estuvieron fuera todo el fin de semana y se alojaron en una granja donde vivía gente campesina muy humilde. Al finalizar el viaje y ya de regreso a casa, el padre le preguntó al hijo:

-¿Qué te ha parecido el viaje que hemos hecho?

-¡Muy bonito papá!

-¿Te diste cuenta de lo pobre que puede llegar a ser la gente?

-¡Sí papá!

-¿y qué aprendiste, pues?

-Muchas cosas papá: vi que nosotros tenemos un perro y que ellos tienen cuatro. Nosotros una piscina pequeña en el jardín y ellos todo un arroyo sin fin. Nosotros tenemos unas lámparas importadas en el patio y ellos tienen las estrellas. Nuestro patio está cerrado con vallas y ellos tienen todo el horizonte. Ellos tienen tiempo para hablar y convivir cada día en familia mientras que tú y mi mamá tenéis que trabajar tanto que casi nunca os veo.

Al terminar el hijo el relato de lo que había aprendido, el padre se quedó mudo. Su hijo añadió:

-¡Gracias papá, por enseñarme lo ricos que podemos llegar a ser!

 

¿La misma tarea?

Tres albañiles estaban desempeñando la misma tarea, cuando un hombre que desde hacía rato los observaba, se acercó a ellos.

El hombre le preguntó al primer albañil: -¿Qué está usted haciendo?

A lo que el albañil respondió:

-¿Acaso no lo ve? ¡Estoy apilando ladrillos!

Y continuó con su trabajo, después de hacer un gesto molesto, debido a que consideraba que el hombre le había hecho una pregunta tonta y de respuesta obvia.

El hombre repitió la misma pregunta al segundo albañil. La respuesta no se hizo esperar:

-¿No ve que estoy levantando una pared?

El hombre, perseverante, volvió a formular la pregunta al tercer albañil quien también respondió al particular interrogatorio con una amplia sonrisa llena de orgullo, diciendo:

-¡Estoy construyendo el hospital infantil del pueblo!

 

Energía emocional ecológica

Clea preguntó una vez:         LAWRENCE DURRELL

-¿No echa de menos el mar, Scobie?

El viejo contestó simplemente, sin vacilar: - Todas las noches me embarco en sueños.

 

El éxito es obtener lo que se desea. La felicidad es desear lo que se obtiene. Los sueños tienen un precio -dice Paulo Coelho-. Hay sueños caros y sueños baratos, pero todos tienen un precio. Es importante valorar cada sueño, sin dejar de soñar y decidir en qué sueño vamos a invertir nuestra energía para convertirlo en realidad.

Hermann Hesse afirma que nuestra vida tiene exactamente el sentido que nosotros somos capaces de darle. Vivir la vida de forma intensa, comprometida y emocionalmente ecológica, es uno de los mejores regalos que podemos hacemos a nosotros mismos y a los demás. Es preciso inventar e imaginar creativamente la vida, para convertirla en una realidad digna de nosotros y de las generaciones futuras.

Cada día podemos formulamos la pregunta: ¿Qué escojo hoy?, ¿Formo parte de la solución o del problema?, y pasar a la acción congruente. La energía emocional bien dirigida es poderosa. Nada puede reemplazar a la voluntad aplicada a objetivos elegidos con inteligencia. Muchas personas consiguieron grandes objetivos, porque no los consideraron imposibles y se esforzaron para hacerlos realidad.

En ocasiones puede resultar difícil diferenciar la línea difusa que hay entre sueño y realidad; entre lo que deseamos y lo que verdaderamente queremos. La energía emocional ecológica es una energía limpia, renovable y no contaminante. La voluntad, la curiosidad, las caricias positivas, la alegría, el silencio, la fortaleza, el deseo y la soledad plena, son fuentes de energía inagotables y totalmente ecológicas.

Nunca debemos olvidar que disponemos de un mundo magnífico, lleno de puertas por doquier, que esperan ser abiertas. Es inteligente y ecológico aprender a apreciar lo que hay, e imaginar y planteamos ideales locos. Necesitamos sueños para mantenernos a flote, y mucha belleza para vivir.

 

 

 

 

Sólo estoy de visita

Durante el siglo pasado, un turista de Estados Unidos visitó al famoso rabino polaco Afees Hayyim. El turista quedó sumamente sorprendido al ver que el hogar del rabino era un sencillísimo aposento lleno de libros. Su único mobiliario era una mesa y un banco.

-Señor rabino, ¿dónde están sus muebles? -inquirió el turista.

-¿Dónde están los suyos? -preguntó a su vez Afees.

-¿Los míos? Yo sólo estoy de visita en este lugar.

-Pues yo, también -dijo el rabino.                                             Anthony de Mello.

 

Creencias crean realidades

Dice una historia que dos ranas cayeron en un enorme cubo de nata en una lechería. Una le dijo a la otra:

-Es mejor que nos demos por vencidas, estamos perdidas. No podremos salir de aquí.

-Sigue nadando -le dijo su compañera-o Conseguiremos salir de alguna forma.

-Es inútil -chilló la otra-o Es demasiado espeso para nadar, demasiado blando para saltar, y demasiado resbaladizo para arrastrarse. Ya que de todas formas voy a morir, es mejor que sea ahora.

Y dejándose caer, murió ahogada. Su amiga, en cambio, siguió moviéndose intentando nadar, sin rendirse. Cuando se hizo de día se halló encima de un bloque de mantequilla que ella misma había batido. Y allí se quedó, sonriente un buen rato, mientras se comía a las mocas que llegaban en bandadas en todas las direcciones.

Creer que puedes conseguir algo, es el primer paso para que así suceda.

 

El poder de la palabra

Un Sultán soñó que había perdido todos sus dientes. Después de despertar, mandó llamar a un sabio para que interpretase su sueño.

-¡Qué desgracia, Mi Señor! -dijo el sabio-o Cada diente caído representa la pérdida de un pariente de Vuestra Majestad.

-¡Qué insolencia! ¿Cómo te atreves a decirme semejante cosa? ¡Fuera de aquí! ¡Castigadle! -gritó el Sultán enfurecido.

Más tarde el sultán consultó a otro sabio y le contó lo que había soñado. Éste, después de escuchar al Sultán con atención, le dijo:

-¡Excelso Señor! Gran felicidad os ha sido reservada. El sueño significa que sobrevivirás a todos tus parientes.

El semblante del Sultán se iluminó con una gran sonrisa y ordenó que dieran cien monedas de oro al sabio. Cuando éste salía del Palacio, uno de los cortesanos le dijo admirado:

-¡No es posible! La interpretación que habéis hecho de los sueños es la misma que el primer sabio. No entiendo porque al primero se le pagó con un castigo y a ti con cien monedas de oro.

El segundo sabio respondió:

-Amigo mío, todo depende de la forma en que se dice. Uno de los grandes desafíos de la humanidad es aprender a comunicarse. De la comunicación depende, muchas veces, la felicidad o la desgracia, la paz o la guerra. La verdad puede compararse con una piedra preciosa. Si la lanzamos contra el rostro de alguien, puede herir, pero si la envolvemos en un delicado embalaje y la ofrecemos con ternura, ciertamente será aceptada con agrado.

 

Cada acción es importante

Se cuenta que había una vez un escritor que vivía en una tranquila playa, cerca de un pueblo de pescadores. Todas las mañanas andaba por la orilla del mar para inspirarse, y por las tardes, se quedaba en casa escribiendo.

Un día caminando por la playa, vio a un joven que se dedicaba a recoger las estrellas de mar que había en la arena y, una por una, las iba devolviendo al mar.

-¿Por qué haces esto? -preguntó el escritor.

-¿No se da cuenta? -dijo el joven-o La mar está baja y el sol brilla. Las estrellas se secarán y morirán si las dejo en la arena.

-Joven, hay miles de kilómetros de costa en este mundo, y centenares de miles de estrellas de mar repartidas por las playas. ¿Piensas acaso que vas a conseguir algo? Tú sólo retornas unas cuantas estrellas al océano. Sea como sea, la mayoría morirán.

El joven cogió otra estrella de la arena, la lanzó de retorno al mar, miró al escritor y le dijo:

-Por lo menos, habrá valido la pena para esta estrella.

Aquella noche el escritor no durmió ni consiguió escribir nada. A primera hora de la mañana se dirigió a la playa, se reunió con el joven y los dos juntos continuaron devolviendo estrellas de mar al océano.