Ludwig Wittgenstein (1889-1951) fue discípulo de Bertrand Russell. Nació en Viena, de una familia muy acomodada y pródiga en talentos de todo tipo. Comenzó estudios de ingeniería, pero además se interesó por la lógica y la filosofía. Por indicación de Frege se trasladó a Cambridge para estudiar con Russell. No fue precisamente un alumno dócil. Era una rara mezcla de racionalismo extremo y misticismo, un espíritu sumamente original y atormentado que en ciertos aspectos recuerda a Pascal. A veces se presentaba por la noche en la habitación de su maestro tras anunciarle que pensaba suicidarse, con lo cual se ganaba su resignada atención pese a lo intempestivo de la hora. En una de esas sesiones, le dijo: “Por favor, sea sincero conmigo: si le parezco un imbécil, dígamelo y me dedicaré a la ingeniería; si no, intentaré ser filósofo”. Russell le aconsejó seguir en la filosofía y así lo hizo Wittgenstein. Cuando creyó haber resuelto los problemas que le interesaban en ese campo, renunció a su fortuna y fue enfermero voluntario en la guerra para después dedicarse a maestro de escuela, jardinero y arquitecto en diversos lugares de Austria. Volvió a Cambridge reclamado por su maestro y allí dio cursos de los que solo guardamos las fichas que utilizaba y los apuntes de sus devotos alumnos, fascinados por su personalidad carismática. Murió alojado en casa de uno de ellos y sus últimas palabras fueron: “Dígales que he tenido una vida maravillosa”.

 Para Wittgenstein, los problemas filosóficos son algo así como enfermedades de la razón producidas por el lenguaje. En su pensamiento hay dos etapas claramente separadas: la primera la constituye su única obra publicada, su Tractatus lógico-philosophicus, que se editó con un prólogo de Bertrand Russell a pesar de las discrepancias teóricas entre ellos. Se trata de un libro breve, cuya concatenación lógica y su estructura casi matemática lo asemeja a la Ética de Spinoza y que como ella está poseído por un rigor hipnótico y un frío pero intenso fervor. La obra trata de los límites y alcance del lenguaje, que son también los del pensamiento y el mundo. Para nosotros, la realidad llega por vía lingüística, pero hay tres tipos de proposiciones en el lenguaje: las que tienen sentido y son verdaderas, que constituyen el conjunto de las ciencias de la naturaleza; las proposiciones lógicas, que son tautologías, es decir, que en ellas los predicados no aportan nada nuevo al sujeto; y las proposiciones metafísicas, que se deben a un malentendido de la lógica de nuestro lenguaje y por tanto carecen de sentido.

El mundo no está compuesto de cosas sustantivas e independientes, sino de hechos lingüísticos que relacionan a unos objetos con otros. Tales objetos sólo existen en tanto forman parte de esa estructura de relaciones: se trata de “átomos lógicos” simples e indestructibles (por ejemplo, si declaramos falsa una proposición no por ello se destruyen sus componentes). La forma de las proposiciones imita en cierto modo la disposición real de esos átomos lógicos que constituyen nuestro mundo. Debemos atenernos a aquello que puede decirse de acuerdo con las pautas lógicas del lenguaje y en términos convenientemente definidos. Respecto a lo demás, Wittgenstein acaba el Tractatus asegurando: “Respecto a aquello de lo que no se puede hablar, hay que guardar silencio”. A pesar de haber estipulado que “los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo”, parece dejar abierta la posibilidad de que haya cosas sobre las que no se puede hablar, aunque haya que guardar silencio respecto a ellas. Esas “cosas” inefables son las que se refieren al sentido del mundo y de la vida, incluso a la intuición de lo trascendente, todo lo cual preocupaba a Wittgenstein más de lo que estaba dispuesto a reconocer. En su Conferencia sobre ética señala tres vivencias que pertenecen al ámbito de lo inefable: el asombro por la existencia del mundo, la sensación de estar absolutamente protegido y el sentimiento de culpa.

El Tractatus parecía querer alcanzar un diseño perfecto y suficiente del lenguaje lógicamente válido, pero en su segunda etapa intelectual, cuando vuelve a Cambridge y comienza a enseñar, lo que interesa a Wittgenstein son los mecanismos del lenguaje común y corriente, el que hablamos todos. Sigue criticando la metafísica, porque maneja expresiones habituales en sentido inhabitual y nunca se sabe realmente de qué está hablando. Pero ahora de lo que se trata es de entender cómo funciona nuestro lenguaje. No consiste solamente en una pauta lógica y en lo que afirman las ciencias de la naturaleza, sino en una interacción de múltiples juegos de lenguaje, cuyo significado está implicado en la multitud de acciones que llevamos a cabo.

Los juegos de lenguaje corresponden a diversas formas de vida (la del religioso, la del político o la del matemático, por ejemplo), y sólo cobran sentido vinculados a ellas: de modo que si, por un extraño azar, un león se pusiera a hablar, no podríamos entenderle porque no compartimos la vida leonina. Entre las expresiones de los distintos juegos de lenguaje hay cierto aire de familia y no una identidad esencial: por ejemplo, cuando hablamos de “complejo” o “simple” en campos distintos, vemos semejanzas de uso pero no la misma definición. Por lo demás, no puede haber un “lenguaje privado”, es decir, un lenguaje que sólo yo entiendo o que responde a sensaciones que sólo yo siento. Por muy personal y privado que sea mi dolor de muelas, el lenguaje en que me quejo de él no me pertenece sólo a mí, porque responde a reglas de uso de las palabras que tienen forzosamente que ser públicas. No hay mejor argumento a favor de la condición social del hombre que la posesión de un lenguaje, que nunca puede ser una herramienta meramente individual.

(Fernando Savater. Historia de la Filosofía. Sin temor ni temblor. Editorial Espasa. Madrid. 2009)